jueves, 14 de enero de 2016

Prólogo

Cuando era pequeña, me gustaba escuchar la melodía de los pájaros. Me hacía sentir a salvo. Abrir los ojos y espabilarme en un edredón fresco en medio de la época de la hoja verde, mirando las ramas del árbol de manzanas junto a mi ventana. Me hacía sentir en casa. Como si todo estuviese bien.

El frío congela mi nariz, y por un segundo me siento como una princesa de hielo, como suele llamarme Chris, porque mi piel es literalmente tan blanca como la nieve, y en cuanto a mi cabello, no hay mucha diferencia. Lucy, mi mejor amiga, dice que soy la versión humana de la nieve. Y creo que tiene razón. Incluso mis ojos son de un color azul distante apenas visible, como dos canicas de cristal. A veces, me preguntan si alguna vez he ido a la playa, porque parece que estoy muerta y no he visto el sol en toda mi vida.







La verdad es que no me gusta ir a la playa, aunque pienso que el mar es un lugar muy pacífico y tranquilo, a pesar del romper de las olas contra las rocas. Pero le tengo miedo. Quizás sea porque no sé nadar y no quiero morir ahogada, pero me gustaría aprender sin temor a que algo tire de mí desde el fondo, una bestia, una bestia horrible y asquerosa.

O quizás una sirena. Dicen que hay sirenas por aquí, pero probablemente solo sean mitos, aunque me cagaría del miedo si alguna vez llego a ver una.

Primero, observo las montañas, las copas de los pinos bambolearse y las aves dejándose caer del firmamento. El viento hace flotar mis cabellos lacios y rozan mi cara. Entran en mis ojos y me hacen cosquillas. He pensado cortarlo, porque ya es tan largo que pesa y estorba. Quiero algo más simple, algo diferente.

Quiero una nueva vida, porque ésta es tan aburrida que siento la necesidad de estar dentro de un cuento de hadas. Por allá hay unicornios, y allá abajo, en el lago tan enorme en el que no sé ni cuántas ballenas azules cabrían en su interior, hay sirenas, y las hadas vienen a mí y se posan en mis ancianos cabellos, y me susurran cosas. Me lanzan su polvo de estrellas y me dejan flotar, y las aves se unen a nuestro baile, más allá del firmamento.

No hay sol, y eso me gusta porque no corro peligro de que mi piel se aze como pollo, aunque me gusta que mis mejillas de vez en cuando tengan un poco de color.

Coloco mis manos en la roca debajo de mí y me incorporo para ir a comer cuando mi estómago reclama por perder el tiempo en otra cosa que no sea darle algo en qué entretenerse; mis botas apenas y hacen un sonido sordo cuando salto y aterrizo en el pasto seco, y corro colina abajo. Mi falda verde seco ondulándose al compás de mis movimientos.

Tengo un piano que no sé tocar, y discos de vinilo antiguos que no escucho. Enciclopedias que no quiero hojear, y libros de poemas que no entiendo. Pero me gusta escribirle a mis amigos, y aprender de memoria canciones que se acercan un poco a la poesía. Me gusta pintar cuadros y tomar fotografías.

Chris prepara la cena después de tocar River Flows in You, mientras yo me senté a admirar el paisaje a través de las puertas corredizas de cristal de la saga de estar. Jamás me cansaré de este lugar.

Finalmente, se me ocurre qué decir cuando una mariposa de color azul royal se posa en el vidrio de la puerta corrediza y salgo disparada hacia mi cuarto. Abro el armario y saco de mi cajón de tesoros mi cámara, y vuelvo enseguida. Pero la mariposa ya no está.

Mi hermano ríe entre dientes y se aparta los cabellos rubios de la cara con un dedo, mientras que con los demás, sostiene un vaso de vidrio y le da un trago a su limonada. A veces pienso que luce demasiado salvaje para ser de mi sangre.

Entrecierro los ojos y frunzo el ceño, como cuando estoy molesta y frustrada. Me encojo de hombros, porque ya me he visto al espejo y sé que parezco una niña de cinco años, en vez de una adolescente a un salto de pulga de convertirse en una joven adulta.





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